Historia de un amor de bolsillo II
Terminé de escribir el mensaje. Mis piernas están temblando y mi corazón está a punto de escaparse de mi pecho. ¿Entenderá mi intención, será prudente enviarlo? me pregunté. Lo cierto es que mi cabeza está hecha una madeja de pensamientos, la ansiedad carcome rápidamente mis entrañas y mi razón empieza a cederle terreno a la bruma de las emociones ciegas. Bajo este sombrío torrente de sensaciones mi cuerpo comienza a entumecerse con lentitud; lucha contra la fuerte corriente de la naturaleza, motivado por un espíritu indómito de pasión. Cuando el combate está en su apogeo y el desasosiego arrincona a la poca cordura restante de mi alma, aparece su rostro incorrupto entre los bastidores de mi memoria: instantáneamente se amaina la pesadez del conflicto y se propicia la tregua entre la ansiedad y el amor, solo así se llega al fin de la lucha. Con el devenir de los minutos empiezo a percibir la fatiga resultante de la batalla mental y la extenuación comienza a saciar mi cuerpo. Agotada ya mi mente y controlada a plenitud por la confusión, asume una voluntad fugaz, individual y decidida; esta vez sin titubear presiono el botón de enviar.
Bajo el mismo
efecto de la desconexión física con la realidad producto del cansancio, dejé el
celular sobre el nochero de al lado, reposé mi cabeza contra la exánime pared
del cuarto y cerré mis ojos a la espera eterna de una respuesta.
“Aquel sentimiento
que imprimiste en las teclas, todas aquellas emociones que albergas en el
estanque insaciable de tú memoria y todo el amor que aflora en la pureza de tu
corazón; todas esas sensaciones son mutuas, y solo tú has sido el único que ha
dejado aquella marca imborrable en mi esencia” leí. Nuevamente la confusión
volvía a tomar las riendas de mi cuerpo. ¿Qué ha pasado? me cuestioné. Aún no
había terminado de asimilar a plenitud aquel mensaje creado a partir de los
fragmentos de su corazón inocente. La solidez de mi razón se había desbaratado producto
del sismo de los sentimientos, y, como consecuencia, debía replicar con el
sesgo de las sensaciones rampantes e impulsivas. La calma debía venir de mi imaginación, del baúl
de mis recuerdos. En las cavernas de mi mente desamparada aparecía nuevamente,
entre la espesa y fría neblina de emociones, aquella mujer de tejido puro y
corazón noble. Nuestros cuerpos estaban desnudos, palpaban la sensación gélida y
punzante de la atmósfera imaginaria producto del ensueño. Ella permanecía
oculta y desamparada tras un herbaje consumido por el decaimiento: sus tersas
carnes descansaban sobre el tronco caído de un árbol y su corta cabellera se
mecía dócilmente al ritmo del plácido viento. Impregnando lentamente la belleza
de su cuerpo a la naturaleza decadente que le rodeaba, pensaba cabizbaja; su
piel nívea brillaba lustrosa ante los rayos débiles del sol y sus pensamientos iluminaban
un sendero que pronto me guiarían a su presencia. Yo, por el contrario, permanecía invisible
tras las cortinas de la oscuridad. Sentía a mis pies inmersos en un largo
follaje de naturaleza indomable, pero debía caminar, debía seguir el sendero
hacia la tenue luz concentrada sobre su hermoso cuerpo. Sabía que, si me daba
por vencido, la oscuridad me terminaría engullendo y aquella belleza se
desvanecería ante el continuo avance del tiempo. Ya no podía mirar hacia atrás,
ya no podía devolverme. Lo cierto es que con cada paso que avanzaba por aquel camino
ciego del amor, la docilidad iba retornando lentamente hacia mi alma, aun
cuando eso costara la corrupción de la naturaleza.
Finalmente
había llegado al tronco derruido, había alcanzado a la materialización de la
belleza humana, había alcanzado al amor. Las pupilas marrones de la mujer
suspirante se posaron en mis orbitas. Su delicado cuerpo se fue desligando
paulatinamente de la madera podrida del árbol y sus emociones cobraban vida.
Todo su semblante se había transformado; su rostro se cubría ahora de éxtasis,
su cuerpo se regocijaba en júbilo y el vacío de su alma se henchía con mi
presencia. Me dirigí hacia el haz de luz más concentrado, mientras ella permanecía
de pie ajustando su corta cabellera y exponiendo sus delicados y finos pechos. Cuando
llegó el momento preciso en que, sin musitar una palabra, nuestras intenciones
concertaron el encuentro, envolví todo su cuerpo con un cálido abrazo, mientras
su pasión femenina se desbocaba en besos sobre mi esencia. Así, aquella bruma de
incertidumbre que cubría el lugar se desvaneció para dar paso al fulgor
llameante del sol que se impregnaba sobre nuestra piel. Lentamente nuestras
esencias se fueron aligerando y nuestros cuerpos iban desapareciendo ante el
clímax del sosiego. Ya sabía que responder; mi mente me había traído la
respuesta amoldada a las emociones vívidas que portaba su mensaje, su imagen me
había transmitido la precisión con la que debía mesurar mis palabras, ahora
solo me restaba escribir.
Con mi
júbilo restaurado tomé el celular del escaparate y posé con ligereza mis dedos
sobre la pantalla. ¡Qué animo tan vasto tenía! Ya no podía contener las
palabras de mi boca, ya no podía frenar el espíritu de la pasión cándida de mi
corazón, así, lentamente fui escribiendo la ansiada respuesta. Increíblemente podía
palpar cada tecla que presionaba y sentirla en lo más profundo de mi pecho. Cuando
había concretado el párrafo que resumía todas mis emociones, todas mis
intenciones, y todos mis amores, algo sublime había pasado: me había
desaparecido no solo del sueño del que creí producto de mi imaginación,
sino de aquello que también consideraba realidad. Me dolía la cabeza, parecía
haberla tenido mucho tiempo recostada sobre una superficie rugosa y dura. ¿Qué
acababa de suceder? Aún no sabía la respuesta. Tomé rápidamente el celular que
descansaba sobre la superficie del nochero y revisé el día, la hora, los
minutos y los segundos: había transcurrido un día entero desde que envié el primer
mensaje. Revisé rápidamente lo que me interesaba. Busqué entre cientos de
mensajes inagotables y miles de palabras inocuas, y, para mi desconcierto,
cuando finalmente había encontrado lo que deseaba, leí: “No estoy interesada,
gracias”. Y así, con solo decir cuatro palabras, todos los ideales quedaron
resquebrajados; su soledad no era más que la soledad de mi alma, su desnudez no
era más que la desnudez de mi propio corazón y la luz no era más que lo que
ansiaba el sombrío desasosiego de mi conciencia. Aún con la cabeza doliente y descansada
sobre la sólida pared, manaron largas columnas de agua a través de mis cuencas.
No sé si lloré porque le fallé a mis sueños, o porque mis sueños me fallaron a mí...

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