Pensamientos del hombre y la mar
Los
rayos retumban en lo más alto del cielo con una fuerza escatológica nunca antes
vista en mi inconstante vida de marinero. Dentro de un armazón flotante, en
medio de un vasto e inagotable océano, pensé bajo aquella tormenta sobre la
verdadera esencia de mi vida; asunto que hace un tiempo lo hubiese considerado
inimaginable. Son ya más de treinta años los que llevo circunnavegando a través
de extensos mares e inagotables olas, lo cual es producto de una afición de
niño por los barcos y las aventuras. Aun así, en todos estos largos años, esta
es la primera vez que se me cruza por mi cabeza una cuestión tan trivial como
es el hecho de existir. ¿Por qué nunca me había preguntado esto antes? Ahora
mismo, bajo un torrencial aguacero y olas precipitadas que estremecen la proa
vigorosamente, mi mente emana una conciencia incorregible de todos los sucesos
que han transcurrido a lo largo de mi vida:
Aún recuerdo
la hermosa niñez que acicalaba en el abrasante pueblo costero que me vio crecer
y formarme como ser humano; una niñez tímida y protegida por una pureza cálida
e idéntica a los candentes rayos emanados por el sol ecuatorial. Recuerdo las
inacabables hectáreas de maíz en campos infinitos creciendo bajo el encierro de
palos de madera vestidos de verdín con joyas de hongos decolorados.
Este recuerdo, aunque insipiente y ligeramente oculto, es la fuerte luz que
ahora me guía a través de la tormenta. A pesar de que navego por un inconstante
oleaje: frío, abandonado y a la deriva, la felicidad me asalta y arrebata mi
preocupación, y así, con estas detalladas características del mar que arde en
furia bajo mis pies, he decidido escribir una pequeña poesía dejando que la luz emane
de mi cuerpo mientras la pluma asida con firmeza desprende las siguientes
palabras de mi mente impregnándolas en este terso papel:
Soledad
pelágica
“En mitad del
océano de indóciles olas
Se desvanece Helios
ante la bruma eterna,
Nubes grises
perdidas en el cénit
Ocultan los
inquietos armazones de barcos agotados
Justamente en la
superficie del agua,
Se adosan los
percebes al casco extenuado,
Buscan un refugio
constante, lejos de la soledad,
Mientras las algas
se desvanecen ante la oscura tormenta.
¿Conozco yo algún
otro compañero más que estos cirrípedos?
¡Muerte
materializada! Tú que te posas encima de mi cabeza,
¿Qué será de mí,
un mortal?
Aunque aún desee
permanecer bajo los brazos de la vida
Aquel deseo
resbala por las finas capas de sal.
Aunque yo marinero
no conozca el futuro que se avecina
Y el presente se
convierta en pasado tras cada segundo emanado
No dejes que mi
cuerpo oscile por este inconstante oleaje:
Frío, abandonado y
a la deriva
Perdido tras la
soledad sin un rumbo definido.
Permíteme, ¡oh
mar! aunque sea por un segundo
Volver a mi niñez,
Enterrarme en mi
capullo”.
El
agua brota de mis lágrimas al son de la relectura. Mis extremidades
se sacuden con un fuerte desasosiego, y así, con un corazón de falsa coraza se
resquebraja el teatro estoico del que hice a mi mente partícipe. Cada segundo,
eterno e inmutable, que transcurre y hela las olas, se convierte en reflexión
constante y espejo de vida. El torrencial cae cada vez más fuerte, y con este
mismo ritmo proporcionalmente catastrófico con el que mana agua del cénit, mi
mente se hace más ininteligible y mi cuerpo se encoge; las arrugas se
desvanecen y mis vellos se deshilan de mi barba. El presente se convierte en pasado y el barco es ahora mi hogar. Se acabó la tormenta y la calidez es
reinante en el ambiente: los pelícanos y alcatraces vuelan indómitos en la
costa, los cangrejos brotan de las profundidades de la arena y las palmeras se
mecen al ritmo plácido del viento. Bajo aquel paisaje de sosiego y nostalgia me
libero de mi crisálida de niño, y así, con una metamorfosis de esencia, la
cuestión de la existencia es arrastrada por las olas a las profundidades
ciegas. ¿Cuál era la cuestión que me atormentaba hace un instante? Con la
cabeza fresca, juvenil y animosa decidí no darle más rodeo a la situación y me
puse a jugar con la cuantiosa arena mientras apuntaba mi cabeza hacia los
barcos en reposo. Una extraña volición intermitente se apoderó de mi cuerpo, de esta forma sentí como nacía en mi mente un deseo fuerte y vigoroso: el de ser un gran
marinero. Aquella imagen de navegante trajo consigo un leve recuerdo de un
poema que relataba mi padre constantemente acerca del pensamiento de un
hombre del mar en búsqueda de la belleza única y propia: “Belleza hadálica” le
llamaba mi padre. Aunque era una composición sin título, aquel era el nombre
que más se adecuaba por el contenido de aquellas estrofas. Así, jugando y
mezclando mis emociones duras y resguardadas de joven junto a la arena, decidí
que sería un marinero que encontraría aquella belleza en las inmediaciones del
océano. Un latido de mi corazón se saltó y mi mente había entrado en regocijo:
ha nacido en mí un nuevo deseo ¡Qué felicidad!
Aquella
imagen feliz se quedó helada en mi cabeza. Ahora los sonidos de la infancia
eran ahogados por el fuerte estrépito del agua impactando contra mi nave. El
frío y la tormenta volvieron, pero la imagen seguía petrificada en mi mente
como el de un recuerdo infinito e invariable. Mi mente se había ensombrecido
nuevamente y la realidad estrellaba mis sentidos. Aun así, la percepción del
tiempo no había variado; no ha transcurrido ni un solo segundo desde entonces. Justo en ese instante entendí el significado de los segundos eternos e
inmutables: fue allí cuando recordé el motivo de mi estancia en el mar, en el
tiempo en que finalmente encontré aquella belleza hadálica e incomparable, y
resolví la pregunta que me asaltaba en un principio. Ahora mismo, escuchando la
tormenta nostálgica, está mi cuerpo en lo más profundo del mar, con una esencia
que rememora la vida con deseo inquebrantable y se desliga completamente del
tiempo. ¡Padre! ¡Padre! ¡La he encontrado! ¡He encontrado la belleza hadálica,
Padre!

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