Historia de un amor de bolsillo
[Editado el 02/11/2023] Dedicado a Daniela Reyes Pantoja, quien me brindó un amor único que, aún sin conocerla, ya había sido escrito en los siguientes párrafos. Donde quiera que estés en el mundo, mi cariño, deseo que seas la persona más feliz en el mundo.
Recuerdo
vívidamente el día en que su cabeza reposó por primera vez en mi pecho. Su
cuerpo, movido por un impulso frenético, se deslizó frente al mío dejando
expuesta la sensación de su delicado y esculpido cuerpo contra mi carne
acicalada. Sus finas manos envolvían mi cuerpo con una sensación gélida y
harmoniosa que exacerbaba las ocultas emociones envueltas por las gruesas capas
del tejido de mi corazón. Su florida cabellera descansaba sobre mi nariz,
liberando el placentero aroma de su esencia e impregnando mi espíritu con su
delicadeza y pulcritud femenina. Aquel día en que me transmitió por primera vez
su abrazo, sentí como la vida me amamantaba con la fértil y próspera emoción de
amar; sensación que me había sido indiferente desde el momento en que broté de
la cuna biológica de mi madre. Aún luego de largos años, soy capaz de recordar
la forma de sus insipientes senos que tras la ropa se amoldaban plácidamente a
la figura de mi abdomen. Sus pequeños pedúnculos de los que brota el manantial
de vida yacían erectos rozando con suavidad mi delgado cuerpo y manteniéndose
firmes a la espera de caricias y juegos hedonistas. Mi mente aún joven,
envuelta en la crisálida de la inocencia, se mantuvo al margen frente a la pasión
indómita expresada en el abrazo de aquella tímida mujer.
Cuando
nuestros cuerpos que eran una única esencia mezclada se separaron, pude
detallar con ligereza la forma en que su rostro marmóreo se tornaba de un color
bermellón y su expresión se entristecía. Sus bellos ojos rechazaban tímidamente
un encuentro con los míos: su mirada cabizbaja estaba concentrada hacia sus
piernas, las cuales bailaban levemente al compás de la pureza virgen femenina.
En ese intervalo eterno de inconformidad e inacción el silencio acechó en el
ambiente, las cigarras habían cesado su cacofonía y el viento que resoplaba por
detrás de mis oídos se convirtió en una expresión sorda que acentuaba mi
ansiedad. Al cabo de un minuto de indisposición, mis órbitas se habían dirigido
hacia sus labios húmedos y brillantes los cuales me habían advertido de un
cambio abrupto en su semblante. Su disposición se había transformado
irreversiblemente de la inacción a la emoción, y así, motivada por la
vigorosidad y la valentía indómita del amor, envolvió sus dedos en forma de
puño, y con un tono de voz angelical que manó de su boca me pidió que le
acompañara por siempre en el sendero de su vida.
Mi
cuerpo había quedado petrificado ante la hermosa propuesta hecha por aquella
mujer. Cuando aquella petición que ya había atravesado mis tímpanos fue
procesada por mi mente, sabía que a partir de aquel momento todos los sucesos
de mi vida de allí en adelante tomarían un curso diferente, pues nada de lo
transcurrido hacía un instante había sido calculado en las decisiones
trascendentes de mi existencia. Al cabo de unos largos segundos, luego de haber
apaciguado mi miedo con ejercicios de respiración, busqué nuevamente sus ojos,
y, bajo aquella conexión ocular trascendental asentí a su propuesta. Inmediatamente
la joven levantó su rostro y posó su mirada vacía sobre mí, levantó sus brazos,
y nuevamente, por segunda vez en la vida me había transmitido su frio abrazo.
La situación cambió levemente en esta segunda ocasión, pues su rostro que
rozaba mi tronco emanaba largas columnas de agua que brotaban de sus lágrimas;
era la primera vez que esta mujer había amado de manera auténtica; una belleza
humillada y malentendida era recibida con calidez genuina desde el momento de
su concepción.
Cada
latido proveniente de mi corazón estaba en sintonía con sus sollozos. Mi camisa
se había convertido en un extenso pañuelo de algodón adorado por gotas cargadas
de una feliz melancolía y mi esencia se había transfigurado a una figura estática
de consolación. Tras largos años de vida, esta era la primera vez que notaba un
desenfreno tan vasto en las emociones de una mujer, y así mi alma solitaria,
tan acostumbrada al sosiego y a la normalidad, había sido sacudida bruscamente y
lanzada a un enorme lago cubierto de extensas capas de sentimientos. Motivado
por este desemboque de pasión, mis brazos se movieron por instinto y abrazaron
fuertemente su esplendorosa figura bañada por la nívea luz de la luna. Aquellas
lágrimas que salían a borbotones de sus ojos eran el motor de impulso a una
felicidad indescriptible en mi ser. Así, bajo una hermosa mezcla de contraste, pude
percatarme desde mis entrañas como mi vida había entrado a una nueva fase y mi
alma trascendía a un campo completamente inexplorado: por primera vez había
sido amado pasionalmente con fuerza y sinceridad. Enmarcado en una escena de
vida nueva, se precipitó la desconexión de mi conciencia con los alrededores;
el mundo entero había sido reducido a dos cuerpos flotantes unidos por la acción
fervorosa del amor. Con las emociones en potestad de mi razón, mi cuerpo seguía
moviéndose con una voluntad autónoma, ahora mis dedos se deslizaban por su cúprica
y olorosa cabellera, mientras que mi cabeza se desplazaba con lentitud hacia
abajo buscando infructuosamente el rastro de sus finos y delicados labios. Con
pleno conocimiento de mis intenciones, aquella mujer de voluntad imparable
había tomado la iniciativa, y así, empinando un poco su postura, nuestras bocas
finalmente se encontraron. Con la unión metafísica de nuestras almas tras el
beso infinito, sus lágrimas eran ahora mis lágrimas y mi felicidad era ahora la
suya, así permanecimos interconectados hasta que la bella luna se escondió tras
las inocentes nubes oscuras. Esta es ahora la imagen esplendorosa que tras los
años recuerdo vívidamente con el célebre poema del autor japonés Myoe:
Oh brillante, brillante,
oh brillante, brillante, brillante,
oh brillante, brillante.
Brillante, oh brillante, brillante,
brillante, oh brillante luna.
Cada verso resume los pasos que dieron fin
a esa noche, con mi mano envuelta entre su mano, y con nuestro amor siendo un
solo amor; la inocente luna jugando a las escondidas con los nubarrones y mi
inocencia joven saliendo al encuentro con su vigorosa vehemencia.

Esta bien
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