La voz de los muros

Título original: "La casa de abajo".




Fue hace poco tiempo que me di cuenta que la casa de abajo está habitada por fantasmas. En las noches tempranas y tranquilas, las voces que manan esporádicamente de las bocas de las paredes asaltan el profundo silencio que da soporte a la estructura. De todas las horas del día, es justo en el momento en que la brillantez de la luna contrasta con el turquí del cielo nocturno incipiente, que empieza la actividad en el piso inferior; es esta la señal que da vida a la acción por todos los rincones de la casa. Pero el tipo de espectro que circula en la vivienda no cabe en el retrato de fantasma común, todo lo contrario, aquellas voces poco altisonantes cesan el vacío creado por la luz del día e impregnan los cimientos de la casa vetusta con vitalidad y fortaleza. Ha sido toda esta secuencia de eventos la que me ha conllevado a pensar que es la misma casa la que le habla directamente a mi conciencia. Su voz, aunque poco melodiosa, es la compañía que esta brinda a mi ser cuando la noche de lóbrega soledad me acongoja. Aquellos espectros que navegan por todas las cámaras de sus aposentos son el reflejo mental de una vida soñada y agotada por los sucesos del pasado. Los fantasmas, representados como reflejos mentales de la familia y de la unión, son imágenes de un mundo distante que aún no logro entender a plenitud. En las noches de desasosiego extremo puedo llegar a contar hasta cuatro voces distintas incluyendo la de la casa; algunas veces se escuchan dos voces femeninas, una de un tono un poco grave y otra de un tono joven y delicado y, además, una voz áspera masculina dando la imagen de una figura paternal rígida.

Cuando la madrugada anuncia su llegada, nuestras almas, la de los espíritus y la mía, se combinan en una esencia metafísica que trasciende las barreras de la soledad. Así, cuando la noche ya no es noche y el día aun no es día mi corazón reposa bajo la tranquilidad abrasante de las voces. Su presencia se me ha tornado tan significativa que, cuando los rayos del sol entran indómitos por las rendijas de mi ventana, mi corazón siente un vacío intenso que ansía la tenue luz de la luna, aquella que embriaga las tinieblas formando un juego pasional de claroscuro. Profesando entonces mi obituario bajo la luz incandescente, mi mente se ilumina de la imagen ruinosa del lugar: el espíritu de las voces ya no cabe como espectro, son ahora las cucarachas y las plagas quienes actúan como esperpentos que atentan contra mi vida. “Si he de morir solo, que mi cama sea mi ataúd y los ácaros y cucarachas mis plañideras” escribí en un papel suelto que escondí bajo la almohada. Quizá con este acto, cuando mi cabeza repose desligada del tiempo sobre mi almohadón, las voces encuentren aquel trocito de papel, se apiaden de mi esencia y me acompañen siempre, día y noche, en el sendero inacabable de la eternidad.

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