Memorias del Caribe

 


El fulgor del sol dejaba entrever la polvareda de balastro que arrastraban las llantas indómitas del Jeep viejo. Dentro de aquella carpa calcinante del cacharro y con mis ojos empañados, un amor incipiente e indescriptible afloraba dentro de mis entrañas: la majestuosidad del caribe se mostraba frente a mis vítreos. Tras aquella cortina anaranjada de granos finos, el campo, vestido de traje nupcial, se extendía infinito hasta combinarse con el horizonte: era la época de la cosecha de algodón. Los azulejos y las chamarías le llevaban regalos a aquella nieve de verano, mientras los toches ruñían los bananos maduros detrás del cercado que delimitada el camino. Sumido en aquella ruta mágica, mi corazón galopaba como los caballos de las fincas vecinas. Aún hoy, rodeado de innumerables edificios, estas memorias se posan en lo alto de estas estructuras, rascando el cielo que evoca al algodón y desvaneciéndose con el tiempo, así como hacen los mochuelos cuando el día asoma.

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